Odiaba el verano. Por muchas y muy diversas razones. Lo odiaba por el calor, las aglomeraciones de turistas, los ruidos, la obligación de intimar y compartir terrazas con semidesconocidos por el simple hecho de coincidir en la urbanización o elegir el mismo destino vacacional, por la sangría y los pollos asados, los niños que le llenaban la toalla de arena en la playa, la invasión de familiares y un largo etcétera del que formaban parte los procesos extraordinarios en el trabajo; de estos destacaban la petición corporativa de hacer un presupuesto en junio (y somos tan chulos que lo hacemos sin tener bola de cristal ni el contacto de Nostradamus)… y los becarios.
Y no pudo menos que sonreír con orgullo al recordar su etapa de becaria en una multinacional, bien es verdad que en el siglo pasado; allí había aprendido lo que era trabajar, había hecho un proyectito real que luego no se pudo poner en marcha, y sobre todo le había permitido a la empresa ver de qué material estaba hecha; por eso, cuando acabaron sus prácticas y le ofrecieron un contrato indefinido no se lo pensó, y hasta hoy. También es cierto que el amor surgido con aquel ingeniero de Producción le ayudó a decidir, pero el amor se acabó y ella seguía aquí. Su historia, con independencia del bello ingeniero, podía ser reproducida casi sin matices por una buena parte de los técnicos de la empresa hasta hace unos años, si bien recientemente todo era más complejo y difuso. Le venía grande toda esa diferenciación entre prácticas curriculares y extracurriculares, la obligación de cotizar a la SS (un problema para el control que ejercían desde la corporación para evitar contrataciones fake), la remuneración voluntaria que no era tal si querías acceder a candidatos medianamente buenos, la actitud de los chavales (había dejado de repetir el mantra “para jóvenes los de antes..” porque eso solo remarcaba su edad) y la actitud de sus managers que solo buscaban dos manos para hacer cosas y olvidaban el aspecto formativo de unas prácticas.
Y por si todo esto fuera poco la ministra seguía parloteando sobre el estatuto del Becario (con mayúscula para resaltar su importancia y porque lo conocemos todos así, aunque dentro de la nueva cultura biempensante se prohíbe el término becario) si bien ella tenía la esperanza de que esto no fuese más que otra cortina de humo para desviar la atención de otros problemas que tiene el Gobierno, o de otras medidas estrella que no habían volado, véase la reducción de jornada. Me viene a la cabeza una película de Barry Levinson, 1997, titulada “Wag the dog”, con Hoffman y de Niro entre otros, y no dejo de pensar que si hace treinta años ya eran capaces de manipular a la opinión pública, imaginemos lo que pueden hacer hoy para crear cortinas de humo con los medios actualmente disponibles. Pero…¿y si no es falso y lo aprueban? Para ella no iba a tener muchos efectos: el número de becarios por tutor (5 máx), la cualificación y disponibilidad del tutor y la limitación de las horas de prácticas extracurriculares a 480 – tres meses equivalentes – parecían lo más relevante, y la burocracia, siempre la burocracia.
El embudo es cada vez más estrecho. Muchos os rasgareis las vestiduras si afirmo que durante décadas el ecosistema corporativo español funcionó bajo una premisa tácita pero universal: las prácticas académicas eran un colchón de flexibilidad para las empresas, una vía de bajo coste para asumir picos, cubrir vacaciones o probar talento sin compromisos contractuales; para los estudiantes, el peaje obligatorio para asomar la cabeza en el mercado laboral. El endurecimiento normativo en España no va a reformar el modelo de prácticas sino que pretende refundarlo sobre bases punitivas con un mensaje nítido: el becario ya no es mano de obra contingente (cada vez que escribo esta palabra me acuerdo de Amanece que no es poco). El problema es que la norma nace de un sesgo regulatorio que confunde la patología (el fraude del falso becario, que debía perseguirse) con la fisiología (la necesidad real de las empresas de formar antes de contratar).
¡Un momento! En el párrafo anterior se describe el deterioro de una situación que ha convertido al becario, formación para el futuro laboral, experimentos con gaseosa, en pseudo mano de obra laboral real, con baja cualificación quizás pero obediente, disponible y barata, y además mejoramos nuestra imagen como empleador. Si hemos contribuido a eso, que lo hemos hecho, quizás no debamos quejarnos ahora porque hemos contribuido a prostituir el sistema. ¿No? Sí: cada vez que hemos cedido a la presión de un manager que necesitaba cubrir las vacaciones de sus administrativos con un becario de ADE, cada vez que un departamento encadena contratos con becarios durante todo el año, cada vez que hemos usado un becario técnico para fotocopiar y digitalizar, cada vez que un becario ha solucionado el atasco de facturas de AP, cada vez que hemos designado como tutor al jefe más hiperocupado que no le dedicaba ni diez minutos diarios, … ¿hace falta que siga?
El Ministerio pretende, con buen criterio diría yo, que el becario no sea una fuerza laboral simulada y más barata, y para lograrlo pone énfasis en el tutor; éste ya no es el mero firmador de documentación y receptor de los servicios del becario sino que tiene responsabilidad en auditar la capacidad corporativa (¿le hace falta el becario?), cumplimiento del plan de formación y onboarding real, incluyendo políticas de desconexión etc como cualquier empleado. Es decir, una carga administrativa tremenda y la amenaza de sanciones por incumplimiento que, como viene siendo habitual, no castigan que sucedan esas malas prácticas sino que se aplican por cada individuo con el que suceda. O sea, que si lo aprueban tal como está no seré yo quién se sorprenda de que desaparezcan los becarios a medio plazo, y si eso sucede ¿habremos cubierto el objetivo de formación en empresas reales para los estudiantes?
Hay empresas que han puesto indicadores de efectividad de los procesos de becarios. Lo definen usando VT (valor de talento fidelizado) y CT (coste real incluyendo compensación, beneficios, seguridad social, coste de gestión y tiempo real del formador), y tiene este aspecto:
KPI = (VT – CT) / CT
Sí, el riesgo de que sea negativo es cada vez mayor. Por cierto, como alguno me ha pedido, otro día hablamos de KPI vs OKR, apasionante.
Es probable que reaccionemos a la hiperregulación del mercado laboral español con picaresca (después de la queja), siempre de bajo vuelo hasta que llega la primera sanción. Creo que no vale la pena tomarse una pastilla cada vez que te llaman de Portería porque ha venido la Inspección. La nueva realidad del becario protegido debe leerse bajo una óptica de fría estrategia de talento; sí, la ley es rígida, intervencionista y quizás adolece de un desconocimiento profundo de los ritmos del tejido empresarial, pero será la ley vigente. Las compañías que limiten su respuesta a lamentar el aumento de los costes administrativos verán cómo sus programas de prácticas se extinguen, perdiendo el cordón umbilical que las conecta con la universidad. Por el contrario, aquellas direcciones de RRHH que asuman esta reforma como un proceso de reingeniería interna transformarán el cumplimiento legal en su mejor argumento de Employer Branding. En un mercado donde el talento joven cualificado es escaso y selectivo, ofrecer un programa de prácticas que garantice un tutor real con tiempo liberado, un plan formativo estructurado que acelere la empleabilidad y un entorno de trabajo que respete escrupulosamente los límites normativos no es solo cumplir el expediente ante el Ministerio sino diseñar la mejor red de captura para los profesionales que liderarán la compañía en los próximos años.
¿Y qué pasa si – conociendo al Gobierno no sería extraño – no se aprueba? Pues nada, podemos seguir prostituyendo el modelo pero ya que nos hemos parado a reflexionar quizás deberíamos calcular el indicador actual, habrá sorpresas, y poner los pilares de modelo futuro antes de que sea una obligación. Y me atrevo a incidir en dos aspectos que mejorarían la experiencia de nuestros becarios: liberar tiempo de calidad de los tutores y asignarles proyectos reales que no formen parte de la operativa del departamento.
En un resumen maniqueo, a nuestro prota sólo le quedaban dos opciones: o encontraba una manera sencilla de gestionar todo ese flujo presente y futuro (¿Dónde está la IA cuando se la necesita?) o iba a tener nuevos y fundados argumentos para seguir odiando el verano.
