Existe una tentación, muy humana, de echar la vista atrás y gozar orgullosamente de lo conseguido. Pues bien, lo he hecho; supongo que será como placebo para descargar el remordimiento de los kilos que se han adherido a mi cinta de lomo durante la Navidad por su propia voluntad. Hace ya cuatro años que colaboro con este tipo de artículos y yo mismo me sorprendo al leer alguno de ellos, no por su calidad estilística sino por el contenido, por defender posturas que ahora quizás matizaría un poco más, porque cambiar de opinión al tener más datos es humano y reconocerlo otorga grandeza y credibilidad. Grande no soy y la credibilidad es un activo sobre el que no creo que logre consenso, pero como mínimo sí puedo jactarme de expresar opiniones libremente y de defender mis ideas con pasión, y de tener un buen stock de Betadine para los arañazos.

Y aquí me tienes, con una lista indie en Spotify y esperando que Love of Lesbians y Lori Meyers me atraigan las musas, y reflexionando sobre un tema que ya esbocé – registro de jornada – y al que quiero darle un sesgo diferente.

Muchos sabéis que he pasado la mayor parte de mi carrera en empresas americanas de distintos sectores y en contacto con muchos países; estamos hablando de final de los 80, los 90 y principio de este siglo, donde el paradigma era el trabajo duro y la recompensa por el esfuerzo. Era habitual vernos trabajando hasta tarde o muy tarde, siempre teníamos mucho trabajo y estaba bien visto; nuestros jefes, en general, daban ejemplo y cumplían horarios intensivos (por largo, no necesariamente por efectivo), y el trabajo extra era un criterio de promoción porque se asimilaba a compromiso. Ahora lo miro con perspectiva y – como en ese famoso vídeo de APM – me desorino. ¡Y cómo criticábamos a esos compañeros que se iban más o menos puntuales!

¿Y qué pasaba en otros países del primer mundo en la misma empresa? Pues que eran más puntuales a la hora de salida, en general, y que dimensionaban mejor sus recursos para lo que podían hacer. Y teníamos unas discusiones bizantinas sobre si trabajaban mejor, sobre si eran más productivos o no, sobre estas costumbres latinas de cenar tarde, etc. Visto con perspectiva y después de haber conocido a muchos afirmo rotundamente que somos – como mínimo – tan buenos como ellos desde el punto de vista del compromiso y el conocimiento, pero también afirmo que en conjunto entendían mucho mejor la relación empresa-trabajador. ¿Cuántas veces habéis oído a alguien decirle a un compañero “No sé por qué trabajas tanto si al final no vas a heredar nada de la empresa”? Pues resulta que los otros también promocionaban…

Claro, pensarás con tu habitual sagacidad, seguro que era porque el entorno y los jefes lo permitían. Ahhhh…claro, era por eso y por la cultura imperante en el país, por supuesto, y porque promocionaban a puestos de mando a empleados que no necesitaban hacer horas extra gratuitas para demostrar lo buenos que eran, y que por tanto no replicaban esos comportamientos en sus equipos. En los últimos quinquenios he visto una evolución positiva en nuestro mercado laboral con la llegada de una generación que tiene las cosas más claras, y confío en que aprovechemos el registro de jornada para dar un espaldarazo definitivo.

Tú eres un director sesudo y asentado, y valoras a los tuyos objetivamente por sus resultados y no por el tiempo que trabajan o por el interés que parecen poner. Tú no eres de esos que calientan la silla por deporte para alardear delante de tu jefe, tus amigos y tu familia de lo clave que eres y de que la empresa se hundiría sin ti; no, no eres de esos, pero por si acaso echa un vistazo a los marcajes de tus colaboradores que se quedan cuando tú te vas, y si el decalaje es recurrentemente de unos pocos minutos piensa si estás haciendo algo mal. Por cierto, no harás tú lo mismo con tu jefe, ¿no?. En cualquier caso tu obligación es exigir lo que razonablemente se puede hacer en una jornada.

Y nuevamente contraatacarás diciendo que si no ponemos objetivos ambiciosos (I had a dream) nos quedaremos en la mediocridad, siempre a medio camino. Y volverás a tener razón: bajar el nivel de exigencia no es una opción por lo que el énfasis estará en optimizar el tiempo de trabajo, eliminar esos tiempos muertos tan improductivos y planificar bien, o sea, la capacidad de tu equipo está ahí, ergo lo que tienes que hacer es exprimirlo … pero dentro de su jornada. No hablo de sacar el látigo sino de organización y disciplina; volveré sobre este tema más adelante.

Tendremos una tendencia natural, tan defensiva como es la primera reacción a un programa de cambio, a promulgar un real decreto interno que limite a un café por día, dos visitas al lavabo y prohibición del uso de Whatsapp y otras aplicaciones que roban tiempo a tus colaboradores. Pues sí, podemos hacer eso y nos equivocaremos porque estaremos poniendo puertas al campo. ¿De verdad tus resultados dependen de que alguien tome un café o dos? No, eso no es lo que tienes que controlar. Por cierto, si vas a prohibir el Whatsapp asegúrate de que no lo utilizáis para comunicaros habitualmente porque será difícil discernir cuales son privados y cuales laborales. No te escandalices, yo vi a un director general que lo prohibió pero él siguió usándolo; aún escucho las risas.

Cada hora va a contar; por tanto, si convocas una reunión altamente improductiva e innecesaria ten en cuenta que ese tiempo de tus colaboradores no será recuperado al final de la jornada, es decir, que quedarán cosas sin hacer o se retrasarán los proyectos. Por tanto es tu responsabilidad gestionar bien el tiempo de todos, y culpar al estado del césped no elimina tu responsabilidad por fallar el penalti. Y no es culpa de ellos, que son unos vagos; efectúa un ejercicio de introspección (pero sincero, no para tranquilizar la conciencia) y no te asustes del resultado. Desde ese punto de vista, la obligatoriedad del registro de jornada y que cada hora cuente no es un hándicap sino una oportunidad; vamos a ver que en el futuro haremos lo mismo dentro de la jornada, y si no al tiempo.

Y vuelvo al tema de la disciplina de operación, y no me refiero a la interpretación estricta del convenio y la sanción inmediata si alguien se desvía cinco milímetros, sino a la necesidad de establecer procedimientos operativos serios, rigurosos, que optimicen tus recursos productivos y tu materia gris. Si lo miras con detenimiento quizás te des cuenta de que se ha deteriorado un poco ese control porque pensabas que la jornada es un chiclé y se estiraba de forma que no era relevante si se toman otro café, remolonean a la hora de la comida o charlan un ratillo con los de otro departamento en una actividad buena para el team building, porque luego lo recuperan. Ahora ya no será así o sea que mejor que fijes bien los objetivos (más a corto plazo y menos anuales), que establezcas parámetros de control y que dediques tiempo a su seguimiento. Sé que no será fácil porque durante mucho tiempo hemos consentido esa relajación de costumbres pero cuanto antes empieces mejor; por ejemplo ¿culpas a un operario por parar la maquina 15 minutos antes de acabar su jornada para irse a cambiar y abandonar la planta justo a la hora de acabar el turno? Pues no lo hagas, él solo se aprovecha de una relajación de costumbres consentida, o sea que pregunta a tus supervisores.

Tenemos un arduo trabajo para educar a los directores, jefes, jefecillos y empleados, pero hay que empezar no solo en este tema sino en otros relacionados como la desconexión digital; no te quejes si tu jefe te llama a las 23:00 para discutir un tema que podría esperar a mañana, porque una parte de la culpa es tuya por contestar esa llamada y por tener el móvil en la mesilla de noche. Sé que soy un romántico pero leer un libro de Landero o ver un capítulo de Peaky Blinders o escuchar una tertulia política en la radio y esperar a mañana por la mañana para leer las noticias es también una opción muy válida. Total, tampoco creo que tu cerebro resuelva los temas mientras duermes; más bien al contrario, quizás no duermas mientras intentas resolverlo en una vigilia traicionera en que te ha sumido la charla con tu querido jefe. Y si no acepta ese momento de privacidad y te sigue martirizando y ya tiene la cintura demasiado anquilosada para girar unos grados, quizás es el momento de plantearte si esa es la empresa adecuada para ti.

Termino adaptando libremente un whatsapp que me ha enviado un buen amigo y mejor profesional sobre un tema próximo pero que me viene al pelo. Viene a decir básicamente que “una abducción de una nave alienígena para que los hombrecillos verdes experimenten con tus vísceras o te sometan a la reacción de tu metabolismo ante sustancias cósmicas es una sesión de spa comparado con el secuestro que algunas organizaciones ejercen sobre sus empleados en criterios, metodologías y gestión del tiempo”. Un olé por su creatividad. No estoy totalmente de acuerdo ni se puede generalizar… pero algo de razón ya tiene: hay que acabar con esos tiempos en que los colaboradores eran denominados “mis recursos” y el jefe era señor de vidas y haciendas. Es tiempo de exigencia, de disciplina, porque todas las empresas se juegan mucho, pero también de tener la oportunidad de ser adultos y valientes, de promover a puestos de responsabilidad a gente capaz de dirigir en estos tiempos. El registro de jornada te va a ayudar, y no te preocupes por si el departamento de marketing llegará a tiempo para preparar tal o cual feria o lanzar ese producto de gran futuro, que lo harán. Sea como sea, siempre te quedará el comodín de llamar a los hombrecillos verdes para que experimenten con las vísceras de los calientasillas. Tengo su número.

Javier Fañanás

Javier Fañanás

Director de proyectos y senior HRBP