Se acerca el 31 de diciembre y una vez más empezamos a hacer balance de todo lo sucedido en el año que está a punto de terminar. Es momento de poner el contador a cero y de repasar momentos y compromisos cumplidos… y no cumplidos.  

Con el tapón de cava también descorcharemos el repaso mental de la lista de buenos propósitos que teníamos para este año 2021. Una lista de las mejores intenciones que, con ilusión, redactamos mentalmente durante las últimas horas del 2020 y sellamos con un brindis. Una lista con el firme propósito de mejorar nuestra vida, de hacer una mejor versión de nosotros mismos. 

Y en ese repaso mental,  pasaremos un pequeño examen de realización vital de todo lo que hemos cumplido de esa lista…¿he bajado de peso?¿he aprendido algún idioma?¿he ido al gimnasio? La respuesta será, con mucha probabilidad, negativa. Pero no suframos: según un estudio del 2019 del Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya, la población que cumple con sus propósitos del año nuevo no llega al 10%. No es mucha gente, ¿verdad? Pues así, año tras año. 

Reconozcámoslo, bajarse la aplicación de chino al móvil o pagar religiosamente la cuota del gimnasio son más bien ejercicios de descanso (casi espiritual)  para nuestra conciencia que mejoras reales en nuestras vidas. Quizá este asunto de la lista de propósitos no sea ningún buen propósito. Quizá la lista está pensada para otro momento, para otra sociedad no tan lejana en la que creíamos controlar la realidad y que nos permitía hacer planes a largo plazo (¡12 meses nada menos!). Pero esa realidad, de momento, dista, y mucho, de la que nos toca vivir ahora. 

Nuestra vida actualmente está sujeta a un nivel de incertidumbre y a una distorsión de la temporalidad en la que tres meses ya es una eternidad. En este momento de meras sucesiones perpetuas de presente, podemos reivindicar el derecho a no hacer ninguna lista de deseos, a no comprometernos en tareas que no podamos cumplir pues es muy probable que esa “versión premium de nosotros mismos” no se culmine y el resultado sea de frustración y desgaste emocional, algo de lo que ya vamos bien servidos.

La realidad es persistente, aun frente a las ilusiones y retos que todos como humanos necesitamos, y no me refiero a que no tengamos ilusiones ni proyectos, sino a medir con buen criterio qué nos proponemos para el nuevo año. Parece que la adorada y añorada realidad empresarial no acaba de regresar, y seguramente no regrese nunca tal y como era. Porque las personas hemos cambiado y nuestras relaciones con los demás y con el trabajo, también. El cambio organizacional, obligado y ordenado en otros tiempos, sucede ahora vertiginoso, dionisíaco, forzado por la pandemia a una velocidad tan alta que hasta nos resulta difícil de asimilar en muchos casos. Las modificaciones generadas en las empresas han sido de gran impacto y las tensiones generadas también: no va a ser fácil cambiar el chip y buscar nuevas soluciones a los nuevos retos. Pero, a diferencia de aprender chino en un año, no serán imposibles. 

Así que este año no vamos a hacer lista de buenos propósitos, al menos no sólo buenos para nuestro yo individual. Vamos a apostar por el momento que vivimos, a aprovechar esta oportunidad para crecer, para aprender a disfrutar del presente y dar respuesta acertada a los nuevos retos que inexorables, en el marco de las organizaciones y las nuevas formas de trabajo, se plantean.